“INTERSECCIONES - LA MÚSICA EN LA CULTURA ELECTRO-DIGITAL”
Bajo este título, el colectivo cultural arte/facto -que publica la revista Parabólica, en Sevilla- ha editado un libro, que reúne un conjunto de artículos de algunos de sus colaboradores habituales, entre quienes se encuentran los argentinos Daniel Valera y Norberto Cambiasso.
Desde 2002, Parabólica busca “explorar y debatir desde diferentes perspectivas las culturas contemporáneas y sus mecanismos de producción bajo los efectos de la mundialización económica y cultural. Queremos suscitar y registrar discursos críticos. Ser un espacio de encuentro, debate y exposición que permita reformular y difundir las culturas contemporáneas. Sobre todo queremos ser un espacio de invención crítica” (Editorial del Nº 00). Fieles a este objetivo, los hacedores de la revista -en colaboración con el Area de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla y bajo la coordinación de Julián Ruega Bono- han publicado, recientemente, esta valiosa obra sobre diversas problemáticas atinentes a las músicas de hoy.
El volumen está presidido por una frase de LaMonte Young: “El propósito de esto no es entretener”. Por su parte, Daniel Varela la retoma en “Búsqueda musical y confrontación - Sobre la música experimental en los inicios del nuevo Siglo” (págs. 37 y sigs.). En este artículo focaliza, precisamente, en las “formas de creación sonora reacias a clasificación, comercialización y domesticación al modo de sumarse a las comodidades de nuestra era”, es decir, aquéllas que son irreductibles para el mercado del entretenimiento.
El citado trabajo contiene algunas reflexiones, perspicaces y nada usuales, sobre el rock progresivo, una de esas formas musicales “resistentes”, que Varela ubica entre los “distintos modelos de disidencia sonora”, deudores de la vasta influencia ejercida por John Cage a partir de los años ´60s. Desde esta perspectiva, la obra de aquel compositor no resulta, pues, un callejón sin salida -como tantas veces se la ha considerado- sino una fuente desbordante de corrientes estéticas dispares, que han permanecido poco visibles pese al paso del tiempo.
A continuación, transcribo la parte del referido artículo que me ha interesado especialmente:
“Rock Progresivo y Experimental. Se pueden pensar en formas de música vinculadas al rock y que conserven carácter de experimento? Sin dudas es una pregunta compleja. La historia de la contracultura y de los movimientos juveniles ha pasado por sinnúmero de trampas y claudicaciones en pos de ocasionales (o frecuentes) intentos de asimilarse a la industria del entretenimiento. El conjunto de argumentos sonoros en términos de nuevas técnicas, lenguajes y combinaciones instrumentales se nutren de planteos y prácticas sociales tales como las formas de producción, circulación y destino de las ‘obras’ de música. No se trata del tipo de instrumentos usados ni de las técnicas como novedades en sí mismas sino de la forma en que se crea la música, los caminos por los que circulará y qué se pretende con su creación. Los estilos de grupos y músicos pueden ser múltiples, pero más allá de la disparidad puede analizarse la presencia de factores comunes que, justamente, harían posible su definición como progresivos; un término que suele asociarse o confundirse pero que tiene precisas connotaciones. Una advertencia: lo progresivo no es equiparable a un sonido, o estilo musical con cierto color. Sería bastante desafortunado suponer herencias estéticas por aplicación de ‘asociaciones libres’ mezclando aportes provenientes de músicas y tradiciones muy dispares a menos que sean producto de una elección consciente (dirigida) de cada artista o grupo. No se trata de hablar livianamente sobre la influencia de John Cage o Igor Stravinsky en grupos de rock sólo porque algunos de éstos suenen ‘raro’. Un mejor conocimiento del contexto social en que fueron creadas las músicas, así como de las motivaciones y puntos de referencia de los creadores serán de indispensable ayuda para opinar con mayor fundamento. Además de escuchar discos, podemos valernos de esas herramientas para ensayar análisis y lograr valoración más plena de este vasto terreno musical que cuenta con más de treinta años de historia. Los interesados pueden buscar esa ayuda en los catálogos comentados de Wayside Music, Recommended Records, en el libro File Under Popular de Chris Cutler, en la discontinua revista UnFiled (editada por el mismo Cutler) o –de modo más oscuro- en antiguas publicaciones como Eurock, Face Out o Impetus. El Krautrock alemán, el rock cósmico psicodélico de bandas como Gong, los híbridos de jazz y psicodelia al estilo inglés de Canterbury, el Rock in Opposition capaz de incluir música contemporánea y tradiciones locales de Europa oriental, la escena checa posterior a Plastic People of the Universe, las nuevas búsquedas con influencia de abstracción punk y free jazz, como los holandeses The Ex, los húngaros Kampec Dolores o la escuela de rock de cámara belga posterior al grupo Univers Zero. La lista se haría interminable, pero hay un común denominador. Podría hablarse de oposición a cánones comerciales, de no responder a nociones de banal entretenimiento, de conservar la capacidad de explorar las músicas instrumentales (de modo virtuoso o innovador en técnicas, un hecho bastante menospreciado por el rock de circulación mercantil) y de cierto grado de choque con la frivolidad común al rock entendido como unificador industrializado de gustos. Nada más ni nada menos que eso”.
