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sábado, marzo 24, 2007

Especial FMPM 2006 #2

LA CRÓNICA (Y UN ANTICIPO DEL FMPM 2007)




En Québec, la tierra de los festivales, faltaba este festival. El FMPM vino a sumarse a otros tantos ya dedicados a las músicas experimentales (Festival internacional de musique actuelle de Victoriaville, Festival des musiques de création de Saguenay-Lac-Saint-Jean, Guelph Jazz Festival) que, si bien abrían sus puertas a ciertas expresiones progresivas, no todas éstas tenían acogida en ellos.

El proyecto FMPM nació a partir de una iniciativa común de
ProgQuébec -asociación sin fines de lucro dedicada al rescate del patrimonio musical progresivo de Québec, que ha reeditado en CD los álbumes descatalogados de bandas como Conventum, Maneige y Contraction-, de los promotores Robert Dansereau y Gérald Laurion y del sello Unicorn Records. El lugar elegido para el evento: el Gesù-Centre de Créativité, una sala para 400 espectadores ubicada en el subsuelo de la Église de Gesù, una de las tantas y bellas iglesias de Montréal.

La selección de las bandas resultó todo un acierto en términos de variedad y calidad. El festival reunió a los históricos
Hatfield and the North, emblemas de la escena de Canterbury; Miriodor, una institución de Québec por más de 25 años y cuya música se encuadra entre los ejemplos más avanzados del género; Echolyn, banda americana que ha sabido reciclar la herencia del sinfónico y hacer un aporte a la tradición de la canción progresiva; Jérôme Langlois, aquel clarinetista y compositor de la banda quebequense Maneige, quien ha seguido desarrollando su obra instrumental de inspiración clasicista hasta el presente; Kaos Moon, grupo local con una clara impronta “neoprogresiva”; y Karcius, otro crédito local que se mueve entre el hard rock y el jazz fusion.

La apertura del festival estuvo a cargo de Langlois, respaldado por un verdadero supergrupo formado por lo más granado del progresivo quebequense. Lo acompañaron, entre otros, Mario Légaré (ex Octobre), Gilles Schetagne (ex Maneige), Bernard Cormier (ex Conventum) y François Richard (ex L´Orchestre Sympathique). Lo suyo fue toda una declaración de principios, algo así como “estamos en Québec y tenemos una larga historia dentro del progresivo”. La banda sonó impecable y ejecutó con convicción algunos temas de Maneige y obras de “Molignak”, el último CD de Langlois. Su propuesta musical se asemeja al estilo acústico del sello Windham Hill y despliega un apacible romanticismo. En fin, fue un concierto reposado y pulcro, punto de partida ideal para un festival que pronto traería otros vientos estilísticos.
Llegaron, a continuación, mis profundamente admirados Hatfield and the North. A la incredulidad que sentí al ver a Richard Sinclair y Phil Miller ingresar al escenario, siguió una emoción mansa pero incontenible cuando escuché a Sinclair entonar “Here´s a song to begin the begining/a few notes which are arbitrary/but we try our best to make it sound nice...” (las estrofas que inician el primer álbum del grupo). Y no podía dejar de pensar en el golpe espiritual que debió haberles causado el fallecimiento de Pip Pyle, ocurrido tan sólo unos pocos días antes. Pero allí estaban, enteros y confiados, recreando la magia, el humor y la sapiencia de Hatfield.


Sinclair y compañía recorrieron una veintena de sus obras sin respiro, con su habitual destreza y sensibilidad. Alex Maguire sorprendió con un gran trabajo en teclados, una auténtica misión imposible como reemplazante de Dave Stewart, y Mark Fletcher sustituyó con eficacia a Pyle. Richard Sinclair (foto) es esa persona calma y accesible que refleja su fina voz de barítono (como tuvimos ocasión de comprobar en nuestra charla con él, al cabo del recital). Phil Miller, por su parte, mostró que está en excelente forma y nos deleitó, entre otros, con su hermosísimo solo de “Let´s Eat (Real Soon)”, que siempre había soñado escuchar en vivo.

El recital de Karcius inició el segundo día del festival. Con un sonido de fusión aggiornado, este grupo acusa marcadas influencias de Mahavishnu Orchestra y de Return to Forever (en su etapa de “Romantic Warrior”). Es una banda joven, en busca de su personalidad y todavía muy afecta a la pirotecnia. Entretenida, pero sin mayores novedades.

La celebración del oficio del sábado a la media tarde en la Église de Gesù obligó a un intermedio en el programa. Durante la pausa se realizó el coloquio Les pionniers de la musique progressive au Québec, al que asistimos. En él intervinieron André Duchesne (ex Conventum, Les Quatre Guitaristes..., Locomotive, etc.), Yves Laferrière (ex Contraction), Alain Bergeron (ex Maneige) y Tom Rivest (ex Pollen). En esta verdadera “cumbre”, a la que se sumó Gary Green (ex Gentle Giant, quien fue el Invitado de Honor del festival), discurrieron generosamente sobre sus experiencias precursoras en la década del ´70. Hoy, salvo Duchesne –prócer indiscutido de la musique actuelle quebequense-, los restantes participantes transitan por caminos menos audaces.

Reiniciando los conciertos, Kaos Moon, con una formación nutrida y variada (que incluye sitar y bouzouki), mostró su propuesta continuadora del “neoprogresivo” de los ´80s, un estilo caracterizado por un sinfonismo simplificado y complaciente, de notable –y, por ello, preocupante- influencia en muchas de las expresiones actuales. Dejando a un lado mis reparos sobre este particular, la música de Kaos Moon es más que digna y no tiene nada que envidiarle a bandas como IQ o Pendragon, adalides de aquel estilo dudosamente innovador.

Fue, entonces, el turno de Miriodor. No obstante mi devoción por Hatfield, y aun cuando su presencia en el festival contribuyó a decidirme a asistir, debo confesar que mi viaje a Montréal tuvo, en realidad, un único objetivo: ver a Miriodor en vivo y en su ciudad. Siempre me había intrigado el por qué de su música tan peculiar e imaginaba que su entorno me brindaría algunas claves iluminadoras.

Fiel a su compromiso con la sorpresa, Miriodor comenzó su set con un tema inédito y en formación de cuarteto. Frenético, sonó a toda velocidad y con una energía cortante desde la guitarra de Bernard Falaise, sin concesiones hacia un público que, seguramente, esperaba encontrar la calidez y la delicadeza reinantes en
“Parade”, su último CD. A lo largo del concierto, estrenaron otras piezas igualmente interesantes.


Por lo demás, junto con las excelentes Marie-Chantal Leclair, en saxos, y Chantal Bergeron, en violín (foto), ejecutaron buena parte de “Parade” y “Mekano”. Precisión y soltura caracterizaron unas versiones casi exactas a las originales. Miriodor creó un clima de serena algarabía en el recinto y la audiencia, mayormente conocedora, festejó agradecida cada tema. La habitual afabilidad de su música estuvo subrayada por la permanente sonrisa de satisfacción de Rémi Leclerc, en la batería, y el humor del tecladista Pascal Globensky y del bajista Nicolas Masino.

Todo lo que esperaba estuvo allí: la rica interacción camarística; los ritmos quebrados; los cambios repentinos; el abigarrado y no menos transparente contrapunto y ese espíritu travieso que tan especialmente distingue a la música de Miriodor. Pero fue, sobre todo, mi encuentro personal con Globensky y Leclerc, quienes me dispensaron una acogida plena de afecto y generosidad, lo que terminó de convertir esta experiencia en algo definitivamente inefable e indeleble.

El último concierto del festival estuvo a cargo de Echolyn, una banda importante de la escena contemporánea. Luego de una primera etapa influenciada por Yes y Gentle Giant, el grupo avanzó, a partir del sobresaliente “As The World” (1995), hacia terrenos más personales, y se concentró en la composición de canciones de excelente factura, con un mayor acento en lo melódico y un estilo más directo. Su set fue muy intenso -quizás el más cercano al rock de todo el festival-, con el grupo sonando ajustado y potente. Una mención especial para Ray Weston (foto), quien mostró un dominio vocal remarcable. Ya suficientemente atractivo en sus trabajos en estudio, en vivo adquirió un relieve digno de destacarse.


Así finalizó la primera edición del FMPM, cuyo éxito decidió a sus organizadores a anunciar el FMPM 2007, que ya tiene confirmada la participación de los legendarios Samla Mammas Manna, de The Strawbs y, nuevamente, de Miriodor, “a pedido del público”.

Enhorabuena por la segunda edición del festival, ya que estos eventos constituyen un espacio de difusión irremplazable para las bandas del género y permiten dar continuidad a proyectos creativos que, de otra manera, no podrían ver la luz.


martes, enero 16, 2007



Especial FMPM 2006 #1
INTRODUCCIÓN: CONTRA ESTOS TIEMPOS LÍQUIDOS
“La velocidad, y no la duración, es lo que importa”
Zygmunt Bauman (*)


Haber tenido la oportunidad de asistir, por primera vez, a un festival de rock progresivo como el FMPM 2006, me permitió acceder a una realidad tan ajena a los medios masivos que exige ser vivida para aparecer verosímil. También fue una experiencia esclarecedora, ya que pude confirmar unas cuantas intuiciones que tenía acerca del género y sus canales de creación y difusión, y palpar así cuán felizmente a contramano de estos tiempos posmodernos se ubica esta música singular.

Modernidad líquida, como metafóricamente la describe Bauman: un presente signado por la fugacidad de procesos y relaciones, la instantaneidad del consumo, la falta de sentido, el encierro autorreferencial, la precariedad de los vínculos afectivos y la desintegración de la trama social.

En este contexto, la situación de la música acusa algunos efectos concretos, como el incesante recambio –bajo el pretexto de una falsa novedad- de bandas y estilos en la degradada escena popular; la repetición del repertorio clásico y la tendencia a su hibridación a través del fenómeno del crossover; la dispersión de la música electrónica en un sinfín de dudosos estilos comerciales (dance, house, trance, etc.) y su apropiación por los djs -quienes, a pesar de su evidente frivolidad, presumen de vanguardia-, y la ridícula sobrecarga de información musical generada por la práctica del downloading y la difusión del iPod (adictiva e inversamente proporcional a las posibilidades de apreciación).

Así, la liquidez reinante nos ha sumergido en el desaliento a quienes suscribimos aquellas venerables concepciones del arte como promesa de felicidad (Stendhal) y despliegue de la verdad (Hegel). Pero, afortunadamente, aún quedan algunos refugios “sólidos” entre tanta fluidez, que nos siguen renovando las esperanzas.

Tal los festivales de música progresiva que, pese a la nula atención mediática, la completa ignorancia de la mayoría del público y la carencia de apoyo de parte de los gestores y sponsors habituales, logran hoy replicarse en todo el planeta, para albergar y canalizar un arte que denuncia el mundo liquidado.

Estos eventos instauran otra realidad tras la fachada líquida, una realidad “sólida” que se resiste a los dictados de la licuefacción musical, rechazando el fundamentalismo de la imagen visual, el abuso de recetas formales y estilísticas, la escucha fragmentaria y perezosa, la banalidad de las líricas, la música convertida en ambientación sonora y el culto a la celebridad de turno; en fin, la regresión de la creación y la recepción musicales a la instancia primaria y vertiginosa del consumo.

Frente al predominio de estos flujos disolventes, el rock progresivo –en sus mejores expresiones- intenta ser fiel a aquellos “sólidos” postulados de autonomía (Schiller, Adorno) e inutilidad (Kant, Wilde) del arte y, así, se sitúa en una dimensión distinta. Una dimensión donde todavía importan la duración (que presupone la exposición articulada y paulatina de una idea y la consecuente exigencia de una atención comprometida), el sentido (en su doble acepción de significado y dirección), la consistencia (la expresión de un mensaje discernible, perdurable, destinado a trascender) y, en suma, la música en sí misma (ese arte inmaterial, paradójico creador de poderosa materialidad simbólica).

(*) “Vida líquida”, pág. 17, Paidós, Barcelona, 2006.


sábado, septiembre 30, 2006

FMPM 2006: ESTUVIMOS EN EL FESTIVAL DES MUSIQUES PROGRESSIVES DE MONTRÉAL



En el mes del segundo aniversario de SIETE OCTAVOS, asistimos a la primera edición de este importante festival, que se llevó a cabo los días 15 y 16 de septiembre, en la cuna de una de las escenas progresivas más longevas y avanzadas.

Allí, tuvimos la oportunidad de ver los conciertos de Hatfield and the North (en la imagen, en una de sus primeras actuaciones luego del fallecimiento de Pip Pyle), Miriodor, Echolyn, Jérôme Langlois (ex Maneige), Kaos Moon y Karcius.

Además, presenciamos el coloquio Les pionniers de la musique progressive au Québec, en el que intervinieron André Duchesne (ex Conventum, Les Quatre Guitaristes..., Locomotive, etc.), Yves Laferrière (ex Contraction), Alain Bergeron (ex Maneige) y Tom Rivest (ex Pollen), todos ellos precursores del rock progresivo quebequense.

El festival también nos brindó la posibilidad de conocer personalmente a músicos que admiramos: Richard Sinclair (Haltfield…), Pascal Globensky y Rémi Leclerc (Miriodor), el mencionado André Duchesne y Gary Green (ex Gentle Giant, quien fue el Invitado de Honor del festival). Pudimos conversar con ellos en los intervalos del programa. Mostraron una excelente predisposición hacia nosotros, lo que permitió incluso nuevos encuentros en los días posteriores al festival.

Muy pronto, más detalles sobre este nuevo evento anual para la difusión del género.